Bicis y triciclos reclinados – Cargobikes

Viaje a Murcia en Bullitt y Trike *Adalides de la carretera (1de2)*


La vida simple en la carretera

La vida simple en la carretera

La sorpresa espera.

Me llama Oscar temprano, para decirme que no correrá en la Great Baltic Sea Ride con el velomobil Don Benito.
Avatares del destino. No existe una cualidad de buena-mala suerte para ciertos acontecimientos.

Días después, me llama Alfonso de Ecomensajeros de Murcia temprano, para saber si vienen a Madrid a por su preciado cargobike aún sin estrenar.

Iré. Iremos.

Aparece una teleconferencia vía Skype a tres bandas, es la invasión de la tecnología al servicio de lo más antiguo que mueve al hombre.

Un par de bicicletas recorriendo mundo.

Y ese mundo pasa por la ciudad de Dulcinea del Toboso y acaba en Murcia.
Sale desde Madrid.

Aún rugen las bajadas a mil por hora desde el puerto de Vitoria, rumbo a Donosti de hace apenas tres días. Pero el verano hay que estirarlo. Y las reclinadas no son sólo para teorizar. Son para dar palos en la carretera, zaherir ciclistas en vértice del arcén en curva, y destrozar las pegatinas de los cruces sin olvidar humillar el asfalto a punto de caramelo: a 50 grados de calor. Si quieres refrescarte sobre el sillín, aprieta los dientes y dobla la media.

Bocatas, alforjas de banana, herramientas, los ánimos, unas prendas, una cargobike bullitt y un trike vortex. Madrid – Murcia en el google maps.

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Salimos a las 9 desde la tienda Okocicle, al lado de las Cuatro Torres, sabiendo que atravesar la capital será largo y penoso. No están claros los giros y desvíos que nos llevarán a Aranjuez, pasando por San Martín de la Vega, única referencia que daríamos si un hipotético clarividente nos preguntara en plena Castella: – ¿A dónde váis?
– A San Martín de la Vega, – le diríamos sin mencionar Atocha, Legazpi, Madrid Río, Villaverde Alto,…

Por la Castellana, cerca de Atocha

Por la Castellana, cerca de Atocha

Vamos poco a poco, disfrutando de la salida de Madrid. Aún con el estres de la ciudad. Natural en todos los que la habitamos. Lo vamos sudando en cada pedalada. San Martín de la Vega, nos lleva a pasear por las brevets de los primeros meses del año.
– Por aquí perdí el rumbo y la brevet me salió al revés, – le digo a Oscar y nos reimos.

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Se suma un ciclista a nuestro pelotón. Casualmente estuvo en Murcia ayer. Un viento infernal. Animaros que os queda. Adios. Aprieta el calor. Son las 11 y Aranjuez está al caer. Vamos pensando en el bocata que llevamos en el cajón improvisado de la Bullitt.

Nos increpa otro ciclista que casi se atraviesa el solo con el banderín del vortex. Que no se os ve- grita enojado, pasa a nuestro lado y se aleja haciendo aspavientos.
Varios ciclistas más, nos saludan. Así hasta Aranjuez.

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Paramos delante del Palacio con la idea de comer algo y beber de alguna fuente. No hay fuentes. Si, hay. Allí detrás. Cada vez quedan menos.

Mientras comemos, Oscar habla con su familia y yo reviso la salida de Aranjuez. Llamo a un baquiano de la zona que nos indica cómo salir. Y salimos. Jose Manuel, que es como se llama nuestro guía virtual, se materializa a la salida y nos espera con sus dos hijos con muy buen ánimo. Nos da indicaciones, un par de geles cortesía de su tienda: biciaranjuez, que más adelante nos vendrían muy bien y nos salva (con sus indicaciones) de equivocarnos en un cruce. Hacia Ocaña enfilamos con el peor sol del día, y paramos agotados buscando algo de fruta. Un agobio se cierne sobre la Bullitt, y es que no estoy acostumbrado al asiento de una bici vertical. Y la Bullitt que está de estreno no ayuda precisamente.

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Dejamos Ocaña y volamos a Villatobas, donde de nuevo buscamos algo de fruta y bebida. Una bebida de naranja y media sandía nos arreglan la sed. Pero el calor es inmenso y queda mucho hasta que empiece a declinar el sol.

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Nuestra meta parcial es llegar a Quintanar de la Orden, pero nos detenemos para comer algo en Corral de Almeguer: ensalada, calamares, agua y un descanso del sol-dado que nos mira desde arriba, vigilante, curioso del rumbo que llevamos.

Vamos a buen ritmo por la Nacional, paralelos a la Autovía, con un arcén generoso, pero aún así decídimos bajar otra escala, buscando carreteras más pequeñas.

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Desde Quintanar, provocamos el desvío rumbo al Toboso. Dos ideas nos quedan grabadas sobre Quintanar, una a la entrada, con un soberbio mural, bastante atrevido, común en la urbe más cosmopólita, pero extraviado entre viñedos poco conocidos de una ciudad pequeña. La segunda idea: un gigantesco supermercado AhorraMas, entre casas y edificios viejos, reconvertidos, y del que ya desde afuera nos aturdía con su aire acondicionado. El contraste era brutal. Una parada para comprar frutas y a seguir.

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Rumbo al Toboso, nos damos cuenta de que hemos olvidado a Madrid, que estamos en la ruta del Quijote y que Dulcinea espera. Es allí dónde pensábamos dormir, reservando previamente en la Casa del Cómico, pero llegamos muy pronto. El sol aún está bastante alto, y nuestro ánimo también. Le digo a Oscar que sigamos, pero él insiste en parar en el albergue para avisar de nuestra intención de no hacer noche. “Mejor llamar y tan contentos”, le digo. Pero insiste en el desvío, y mientras llama a la puerta me temo que el aviso tendrá un coste, o una regañina. De todos modos, parece lo correcto, aunque no sea lo más práctico. Sale un hombre grande, que lleva rato haciendo tiempo por nosotros. “¿Que no hacéis noche?”, “Espera que llamo a la dueña”, “No, no han dejado reserva”, “Que si fuera así, no la devolvíamos”, “Ajá”… “Que vaya bien, ya os vemos a la vuelta”, “Que si, que si”. Y salimos rumbo a Pedro Guillén. Pedro Múñoz, quiero decir.

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Antes de dejar el Toboso, compramos más fruta e imaginamos a dónde hubiéramos ido a cenar de haber hecho noche. A la vuelta quizás.
Encaramos un recta larguísima, sobre la que amaina la tarde. Encendemos los pilotos traseros y las luces blancas. A saber cómo nos ven los coches de frente o los de atrás. No olvidemos que vamos en una Bullitt extrañamente apertrechada y un trike reclinado de 4 palmos de altura.
Pero vamos eufóricos…a por la carretera de noche. Sin parar hasta Murcia. Mañana por la mañana llegamos.

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Entramos a Pedro Muñoz buscando salir pronto de allí. Un grupo de vecinos nos aborda en un stop. Ellos están de fiesta. Catando vinos y haciendo bromas. Les ayudamos con los chistes. Más o menos los comentarios son los mismos: “ahí te vas a dormir, majo”, “pero si aquí puedes llevar la casa”, “y a dónde vais a estas horas…”

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Y empieza un pequeño desvarío de Rotondas rumbo a Socuéllamos. A pesar de llevar 12 horas en carretera, nos encontramos fuertes y motivados. Algo aburridos por las largas rectas, y que en la oscuridad a la luz de nuestros pilotos se hacen aún más eternas. El cansancio hace que tengamos nuestras dudas sobre si vamos en la dirección correcta. Empieza una pequeña crisis a mitad de una recta de 15 km. La bateria de mi móvil pretende abandonarnos, y dejarnos sin gps. El cargador no funciona como debería. Gracias compañía de la manzana por las incompatibilidades del firmware. Mi incomodidad sobre el asiento de la Bullitt se agrava y tengo que parar cada vez más seguido para aliviarme un poco. Oscar va como una rosa, porque claro, va en el trike, disfrutando de las constelaciones, la tranquilidad de la carretera y apuntándose que en casa miraría la longitud de esta recta infinita en la que nos rebasa un coche y podemos ver sus luces rojas alejarse durante un minuto, desalentándonos. Para distraerme del dolor y el cansancio, nos contamos chistes de cole que nos cuentan nuestros hijos. ¿Cómo se dice lluvia en alemán?, me pregunta el Pablo el otro día.

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Acordamos parar en lo siguiente que tenga humanidad, y quizás dormir un poco. Pero la recta es enorme. Casi a medianoche llegamos a la única gasolinera 24H de estos lares.
Sobremos un par de fantas, preparamos bocatas, algo de fruta y consultamos a camioneros que curiosean nuestras bicis por dónde seguir.
“¿Con esto (refiriendose al trike) habéis venido de Madrid?”, “Ni se os ocurra continuar de noche desde aquí”.
El arcén se estrecha, la carretera empeora, es zona de camiones, os van a matar con esas bicis, los jinetes del apocalipsis veranean cerca de Albacete. Si señor: había que quedarse.

Camión Albaceteño a punto de comerse un trike y una bullitt

Camión Albaceteño a punto de comerse un trike y una bullitt

Pero decidimos continuar. Con el móvil cargado nuevamente, el estómago lleno y el non-stop en los corazones, seguimos rumbo a Murcia.
Nos aguardaba a partir de las 12, una carretera que efectivamente era como nos dijeron, pero sin ningún coche. Durante tres horas y media, seguimos pedaleando, felices sobre una bici de carga y un trike. Planificando brevets de cara a la Paris Brest Paris, calculando kilómetros, ideando velomobiles, compartiendo algo más sobre el ciclismo diferente. Con Oscar, que es un arquitecto de sus propias bicicletas es un placer conversar.

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Constelaciones filtradas muy malamente

Pedaleamos más sosegados por Villarrobledo, por una carretera sin desvíos que nos lleva hasta Munera.
Allí paramos agotados, a descansar en un soportal de un restaurante abandonado. A la intemperie, y con nuestras respectivas monturas al lado nos dormimos intentando conciliar el sueño. La temperatura desciende.

Pedalear en carretera, es una cuesión de escalas y de paciencia. De decisiones.
Acabados 230km, nuestras decisiones del primer día, iban a afectar irremediablemente al segundo.

Y en breve lo íbamos a descubrir.

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(Continuará…)

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2 comentarios

  1. Tomeu

    A ver, la segunda parte que esto es muy interesante.

    septiembre 30, 2014 en 13:04

  2. oski

    Aunque estuve alli, yo también espero la segunda parte… que recuerdos y perdona pero realmente todavia no he medido la “recta”.

    Saludos

    octubre 23, 2014 en 22:59

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